Provincia de Buenos Aires.Dos visitas de Eva Duarte a Pergamino y aquel 26 de julio de 1952

Carlos Trotta, psicólogo y comentarista de radio en España, nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, narra sus vivencias sobre Evita en sus dos visitas realizadas a su ciudad y los recuerdos del día de su muerte.
María Eva Duarte de Perón, mis vivencias
María Eva Duarte de Perón, mis vivencias

Por Carlos Trotta Costantino
Jamás pensé que después de 58 años de su muerte me pondría delante de un ordenador para escribir sobre este personaje. Va por delante que lo que escribo es producto de vivencias personales y hechos ocurridos, vistos a través del tiempo transcurrido, con veintinueve años, la mitad del tiempo, residiendo en España. Pienso que me han permitido tener la objetividad necesaria como para darlas a conocer.
La he visto personalmente dos veces, en sendas visitas suyas a mi ciudad natal, Pergamino.
La primera de ellas antes que Perón asumiera la primera presidencia, era Secretario de Previsión del Ministerio de Trabajo. Mi abuelo tenía una Concesión de Lotería en la calle San Nicolás, la principal de la ciudad, en un local frente al Hotel de Roma, cuyos salones de comedor y de bar-confitería daban a la calle.
Justo este último coincidía frente por frente con la Agencia de mi abuelo; estaba gran parte de la población volcada en las calles para ver al hombre del momento. Gran parte de mis familiares también participaban del momento; yo estaba a hombros de mi padre, en un lugar de privilegio para observarlo todo.
Avanzaba la caravana, que abría un coche descapotable y de pié venía un hombre enfundado en un uniforme militar con su mano derecha levantada y que agitaba en señal de saludo. Era el Coronel Perón. Al llegar a la altura donde estábamos nosotros, se escuchó un ruido que alteró nuestra atención y la del Coronel. Un ruido intenso que provenía del bar de enfrente.
Alguien se había subido de rodillas sobre la mesa que ocupaba y había desparramado y tirado lo que había sobre ella. Ese alguien era una mujer vestida de negro y con un sobrero de la época, de esos que tenía una tul que le cubría la parte superior de la cara. Al hacerlo agitando su brazo derecho gritaba: “Coronel, Coronel”. Perón al reconocerla le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza…
Mis padres y demás, que también observaron la escena, decían por lo bajo “es Eva Duarte” , “es Eva Duarte…”
Y la segunda, cuando él era Presidente y ella ya su mujer, visitó la ciudad con motivo de una concentración agraria. Al final del acto le brindaban un almuerzo en unas instalaciones de un parque municipal habilitadas al efecto. Nos instalamos con mi madre y mis hermanos en una esquina próxima al parque, había escasa presencia de público, casi nadie, al venir los coches de la comitiva. En uno de ellos, por una de las ventanillas traseras, se asomaba Eva, quien se mostraba asombrada por no encontrar gente y al ver nuestro grupo familiar, mi madre, mis hermanos pequeños y yo, esbozó una forzada sonrisa y nos dedicó besos…
Era palpable su enfado y fue el comentario obligado en nuestro viaje de regreso a casa. Las relaciones con la gente de campo no pasaban por su mejor momento… En ambos casos quedé impresionado por su belleza.
Pero ya percibí en su rostro rasgos de dureza, de determinación, cosas que con el transcurso del poco tiempo que estuvo en la vida pública, se vio corroborado.
En este tiempo, afloraron sus ansias de poder basadas en un resentimiento propio de sus orígenes: se crió en la ciudad de Junín (al oeste de la Provincia de Buenos Aires y a unos 250 kms. de Buenos Aires, Capital Federal) su madre tenía allí una pensión y esto la marcó definitivamente por cuanto se sentía socialmente discriminada (tenemos que ubicarnos en la sociedad de los años ’30 – ’40) y de hecho cuando se le presentó la oportunidad, se fue a la ciudad de Buenos Aires.
Se estaba gestando la Fundación Evita, los empresarios recibían la “solicitud” de hacer una donación para ese ente, con la negativa funcionaba la presión para conseguir las aportaciones.
Recuerdo que por ese entonces mi padre era socio de una empresa de transporte colectivo de pasajeros y como tal adheridos a Federación del gremio de la Provincia de Buenos Aires, ocupaba el puesto de Secretario General, recibieron la “solicitud” y ante los antecedentes “donaron” 100 pesos, de la época (paridad con el dólar), por cada unidad de transporte que circulaba por la Provincia…
Así consiguió su capital la Fundación y así, con el dinero de las “donaciones” se convirtió en la benefactora, en la abanderada de los pobres.
No pongo en duda lo loable de sus objetivos, sino la prepotencia de sus métodos, que con el correr del tiempo se convirtió en preciado legado para sus seguidores. Además dentro de esos loables objetivos, se daba la circunstancia de que la benefactora sacaba sus réditos políticos para el régimen. Pura demagogia.
Empezó a circular una de las tantas frases con el que régimen se auto publicitaba: “General Perón – Evita Capitana”. Esto también lo llamaban el “auto bombo”. Las arcas de la Fundación no cesaba de aumentar, el miedo a las represalias aumentaba en la misma proporción.
Cuando muere, el 26 de julio de 1952, tenía 33 años, a las 20,25 de la tarde noche. Remarco esto último porque a lo largo de la duración del gobierno peronista (1955), todos los días sin excepción, conectaban las radios del país con Radio Nacional, para dar el informativo que se abría con esta frase: “Son las 20 y 25, hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad”.
En la fecha de su muerte se erigieron “altares cívicos” en todas las plazas del país, en ellos se ponía un retrato de la fallecida rodeado de flores; cuatro empleados públicos, dos delante y dos detrás, tenía la obligación de “hacer guardia”, en posición de firmes, debidamente uniformados con pantalón negro, o faldas la mujeres, camisa blanca y corbata negra, además de un brazalete negro, así las 24 horas durante los cuatro días que duró el “funeral”.
Se paralizó el país. Recuerdo que yo estaba interno en un colegio de la ciudad de Rosario (la segunda del país en ese entonces) y no pude, como otros internos a las suyas, viajar a mi ciudad natal, ni en autobuses ni en tren, no había transportes.
Cuatro días sin poder realizar ninguna actividad, ni deportiva ni social, estaba expresamente prohibido. Salíamos a caminar por la ciudad y veíamos a los tranvías llevar crespones negros. Era el único transporte que circulaba para desplazar a los que querían ir (y a los obligados) hacia las plazas.
Las emisoras de radio irradiaban música sacra. Hábilmente el aparato del Gobierno había creado un clima de colectiva pesadumbre.
El día del sepelio se congregó una multitud para acompañar los restos; una multitud compuesta por gente condolida y por gente de obligada concurrencia.
Que meritos tenía Eva Duarte para tener semejante distinción ¿El ser la señora del Presidente? ¿El haber creado la Fundación Eva Perón? ¿El ser la benefactora de los pobres? ¿De qué pobres? Mientras vivió no desaparecieron los pobres, pero si aumentó su fortuna personal. Ni tampoco desapareció la pobreza entre 1946 – 1955, años de las presidencias del General.
Triste, muy triste.
Ampliar la noticia











ri